Hacia una masculinidad y feminidad renovada que nos aporte salud, bienestar y mayor fertilidad

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Recientemente el debate con relación al género ha tomado protagonismo en los medios de comunicación. La masculinidad es un término del que tenemos una gran necesidad de hablar, ya que principalmente son los hombres los que terminan estando en el ojo del huracán de estos debates. Sin embargo, son escasos los debates en los que se trate de averiguar cuáles han sido y son los factores que nos llevan a vivir situaciones de conflictos y desigualdad entre la feminidad y masculinidad y cómo prevenirlos. Así, desde una actitud de corresponsabilidad, ambos, hombres y mujeres, se impliquen en el desarrollo de una sociedad más igualitaria, empezando por nuestros propios hogares, desde la propia infancia. La salud familiar y comunitaria depende de nuestra propia salud emocional personal, de la salud afectiva de la pareja y en definitiva de la salud de nuestros hogares. Ambos, mujeres y hombres sostenemos actitudes, patrones y condicionamientos que hacen que se generen diferencias y conflictos a niveles profundos de nuestra sociedad y a niveles sutiles de nuestra propia salud y bienestar.

Las relaciones respetuosas e igualitarias en nuestros hogares están relacionadas directamente con la salud de sus miembros e indirectamente con el tipo de convivencia de comunidades, ciudades o países.

Sin embargo, ¿Quién nos enseñó a mantener relaciones armoniosas? Únicamente lo pudimos aprender de lo que vivimos en nuestra familia y nuestro entorno más cercano, al igual que nuestros padres lo hicieron de sus padres y así sucesivamente hasta alcanzar nuestros antiquísimos ancestros. Y es que no se le ha dotado la importancia que merece a estas cuestiones desde la salud y la prevención.

 

¿Alguien nos enseñó a desarrollar nuestra feminidad o masculinidad en plenitud?

En cada uno de nosotros emerge una masculinidad y feminidad que integramos a través de la imagen que nuestro padre y madre nos proyectaron, como hombre y mujer o simplemente desempeñando esos roles, femenino y masculino. No es una cuestión física, que vaya relacionada al sexo de cada persona, sino una cuestión actitudinal.

En ese aprendizaje, de lo que representa la masculinidad o la feminidad y su expresión, hemos podido aprender y copiar actitudes que realmente no sonbeneficiosas para nuestro desarrollo o relaciones, o que incluso inconscientemente rechazamos porque emocionalmente nos provocan emociones negativas.

La integración de nuestra masculinidad y feminidad en armonía nos permite desarrollarnos como seres completos en cuanto a independencia y fortaleza emocional. El desarrollo de estos rolesen una familia en la que ambos se respeten, admiren y amen tiene un efecto directo en el propio desarrollo afectivo. Desde este entorno, tanto las manifestaciones de los roles femeninos como masculinos son aceptados, comprendidos y respetados. La mujer puede amarse plenamente y se siente amada como la mujer que es y lo mismo le ocurre al hombre. Este fenómeno provoca la atracción de relaciones armoniosas tanto con uno mismo como con los demás y por supuesto donde más se manifiesta es en las relaciones de pareja.

Cuando no integramos ambas partes, quizás siempre estemos esperando que nuestra pareja cubra esa faceta carente en nosotros. Sin embargo, el sentimiento de sentirse completo, es decir, el amor, la protección, el cuidado oel reconocimiento siempre han de surgir de uno mismo, dejarlo en manos de terceros nos convertiría en individuos dependientes y emocionalmente inestables, ya que nuestro bienestar fluctuará en función de los cambios del exterior o de otras personas.

 

¿Qué papel tiene la cultura en estos roles que desempeñamos?

Pues definitivamente la cultura, las creencias de nuestra sociedad, en la que nos hemos desarrollado están impregnando todos los aspectos de nuestra educación familiar y que finalmente se definirándependiendodel carácter de nuestros padres y su propia personalidad. Así cuando hemos de desempeñar el rol de futura mamá o papá es donde definitivamente se manifiestan todos aquellos roles aprendidos de generaciones anteriores.

Estos roles son alimentados por la información con la que contamos sobre lo que es ser mujer o hombre, y aquí es donde la información puede estar erróneamente fundamentada y habría que sobrescribirla para beneficio de todos.

Por ello, hablar de masculinidad y feminidad en equilibrio es necesario. Profundizar sobre las cualidades que más desarrolladas tienen las mujeres frente a los hombresy viceversa,consideradas fortalezas.Por otro lado,identificar, desde nuestros patrones culturales y educacionales,las falsas creencias profundamente arraigadas sobre lo que esser un hombre o una mujer,que se diferencian erróneamente en función del sexo y que llevan asociadas ciertas connotaciones peyorativas.

 

¿Qué implicaría la masculinidad?

Control emocional, fortaleza, dureza, autosuficiencia, protección, sostén, virilidad, potencia… Un hombre puede estar sometido a mucha presión con las connotaciones asociadas a la masculinidad que la sociedad le está transmitiendo, en algunos casos adaptativas y positivas, y en otras, todo lo contrario.

Por otro lado, si nuestra cultura sigue esperando que las mujeres se muestren sensibles, empáticas, atractivas y dóciles, y además se sigue considerando a la mujer como débil, frágil y sensible en exceso o incluso irascibles o inestables,nose le presenta un panorama muy alentador para desarrollar todo lo que implica ser una mujer en plenitud.

Ambos, tanto hombres como mujeres necesitan actualizar la versión que se tiene de la masculinidad y feminidad, de lo que para ellos significa ser hombre y mujer. Ambos necesitan expresar libremente el gran abanico de emociones que conforman al ser humano, sentir y aceptar la fragilidad en el caso de los hombres y permitir a las mujeres liderar y expresar la ira contenida por la falta de escucha a su verdad. Laautorrealización e independencia emocionalpara ambos que lesconduzca a un estado de bienestar y plenitud sin que la mujer tenga la necesidad de sentirse protegida o valorada por cómo se muestra al mundo, sino por lo que es y representa. Al igual que el hombre pueda mostrarse con toda la sensibilidad que contiene su corazón.

 

¿Y porqué estos aspectos pueden estar relacionados con la fertilidad?

Pues porque la parte afectiva de toda relación con uno mismo principalmente y posteriormente conla pareja, es la que determinará el nivel de bienestar emocionaly este a su vez incidirá en la salud general, incluyendo la salud reproductiva, ya que facilitará el contacto íntimo de calidad con la pareja, así como un mejor funcionamiento de nuestros órganos reproductivos al no estar sometidos a emociones negativas, en ocasiones generadoras de estrés y conflictos en relación a lo que implica ser mujer o ser hombre, ser madres o ser padres. El estrés al que sometemos a nuestra parte más íntima puede facilitar o entorpecer su funcionamiento en armonía.

Hablemos entonces de la masculinidad en equilibrio junto a la feminidad, hablemos de integrar, honrar y valorar en cada uno de nosotros ambas facetas para sentirnos seres completos sin carencias y límites por alcanzar todo aquello que nuestro potencial está dispuesto a alcanzar.

 

El símil del abejorro nos viene a demostrar la influencia que pueden llegar a tener las creencias en nosotros los humanos, la especie más inteligente del planeta. Hasta hace poco tiempo,en función de las leyes científicas vigentes,los expertos en aerodinámica afirmaron que el abejorro no podía ser capaz de volar, por su peso, el tamaño de sus alas, su geometría…

Sin embargo,ahí lo tienen, volando de flor en flor, despreocupado de lo que piensen de él. Lasetiquetas que nos definen son sólo eso etiquetas, pero nosotros tenemos la posibilidad de modificar todas esas creencias que nos limitan y descubrir el potencial oculto que nos hace alzar el vuelo.

 

 

Con gratitud por lo compartido

“En cada uno de nosotros emerge una masculinidad y feminidad que integramos a través de la imagen que nuestro padre y madre nos proyectaron, como hombre y mujer o simplemente desempeñando esos roles, femenino y masculino. No es una cuestión física, que vaya relacionada al sexo de cada persona, sino una cuestión actitudinal.”

— Trinidad Sánchez

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